
De repente llegas, me besas. Me miras, te miro. Me abrasas, correspondo a tus caricias. Me dices que me deseas, mi respuesta es un beso y mis manos en tu pecho, en tu cintura. Es un momento excitante, lleno de sexo y pudor. Procedemos a quitarnos cada una de las piezas que tapan nuestro sexo, que nos limitan a querernos con más énfasis. Quitamos todos los obstáculos que no nos dejan expresarnos libremente como amantes prohibidos que somos. Me susurras que me amas, que me deseas, que quieres estar conmigo siempre, no dejarme ir.
Te beso apasionadamente, con un ansia insoportable, con un deseo de tenerte y no soltarte jamás. Parecemos dos locos comiendo del fruto prohibido, niños haciendo lo mal hecho, lo censurado. Disfrutamos palmo a palmo de nuestra piel, de nuestros poros, de cada cicatriz que tenemos plasmada en el cuerpo. No paramos de hablar, de expresar lo que sentimos uno de otro, de lo que queremos.
Tus susurros al oído de placer me excitan cada vez más, mi respiración se entrecorta, mi cuerpo tiembla de pasión desbordante. El tiempo se acaba y solo parece que tenemos unos dos minutos en disfrute del otro. Maldecimos el tiempo por recordarnos que debemos retornar a nuestras vidas, a la realidad. Ya muertos de tanto amarnos, llenos de placer nos abrazamos con tal sentimiento, que solo nos detenemos a disfrutar de los pocos minutos que nos quedan. Te preguntas si volverá a pasar, lo se, se te nota en la mirada. Te respondo que sí, que cuando desees estaré dispuesta a disfrutar tu cuerpo, tu piel.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Será grato saber qué opinas de este artículo, comenta